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Pensando En Alto con Samuel Perez Millos

Pensando en Alto

Para mi el vivir es Cristo Samuel Perez Millos

DISCURSOS NO EDIFICANTES

DISCURSOS NO EDIFICANTES

“…para que mandases a algunos que no enseñen diferente doctrina, ni presten atención a fábulas y genealogías interminables, que acarrean disputas más bien que edificación de Dios que s por fe, así te encargo ahora” (1 Ti. 1:3-4).

       La Iglesia se asienta sobre la verdad que es Cristo mismo, fundamento donde se edifica. La Palabra es la verdad de Dios dada para que se le conozca y se viva la vida eterna en la comunión del Padre y del Hijo (1 Jn. 1:3). Jesús dijo de sí mismo que es la verdad (Jn. 14:6). Los creyentes son trasladados de un mundo de tinieblas y mentira al de verdad y luz. Ese cambio produce la reacción del maligno, que es contrario tanto a la vida como a la verdad, a quien Cristo llamó mentiroso y padre de mentira, y de quien dijo que “ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla de suyo habla…” (Jn. 8:44). Su propósito es introducir la mentira en medio del campo de la verdad, mediante enseñanzas falsas que promueve en las iglesias. Lo hace bien por mensajeros suyos, hombres perdidos, o influenciando en creyentes a los que desvía de la verdad. En Éfeso habían surgido algunos falsos predicadores que desfiguraban y pervertían la verdad. La presencia de quienes enseñan falsedades al pueblo de Dios, es algo que está presente también en el Antiguo Testamento (cf. Dt. 13:15; Jer. 14:14 s.s.; 23:1 ss.; Lm. 2:14; Ez. 13:1 ss.; Zac. 10:2). Por esta razón Cristo advirtió a los suyos: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces”. Sobre La presencia de falsos profetas en el futuro dijo: “Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañará a muchos; … porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de manera que engañarán, si fuese posible, aun a los escogidos” (Mt. 24:11, 24). El apóstol Pablo en la correspondencia corintia haba sobre “falos apóstoles, obreros fraudulentos, que se disfrazan como apóstoles de Cristo” (2 Co. 11:13). Es más, no solo están anunciados por Cristo y a ellos hace referencia Pablo, sino que los apóstoles testifican de la situación que producirían estos falsos maestros en medio de las iglesias, como Pedro escribe: “Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras” (2 P. 2:1). El apóstol Juan se refiere también ellos diciendo que “muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Jn. 4:1). El gran peligro de estos que enseñan una doctrina diferente es la apariencia externa que usan para poder hacer su maligna obra, presentándose como “ministros de justicia”, al igual que hace su padre Satanás que también “se disfraza como ángel de luz” (2 Co. 11:14-15).

       En Éfeso el problema se había presentado y, por lo que se aprecia en el contexto, estaban causando un grave quebranto en la congregación. No eran muchos, el apóstol habla de algunos. La forma de actuación de ellos era presentar una enseñanza diferente. No se dan los nombres de estos, ni la procedencia, ni en que consistía la enseñanza. Sin embargo esa situación había sido anunciada por él tiempo antes, en la despedida de los ancianos de la iglesia en Mileto (Hch. 20:17), en donde les dijo que “después de su partida, entrarán en medio de vosotros lobos rapaces que no perdonarán al rebaño” (Hch. 20:29). No cabe duda que no pertenecían a la iglesia en Éfeso y era de otra procedencia, porque desde afuera entraban en ella. Pero también habla de quienes se desviarían de la doctrina y que eran personas destacadas en la congregación: “y de vosotros mismo se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos” (Hch. 20.30). 

       Es muy importante entender que no puede haber transigencia en cuanto a doctrina. Que la enseñanza bíblica tal y como nos ha sido transmitida es Palabra de Dios, por tanto, reviste toda Su autoridad. Nada hay comparable a ella en ese sentido. Las enseñanzas que salen de los hombres son simplemente filosofías huecas, sin ningún tipo de autoridad. La única autoridad es la Escritura, único documento procedente e inspirado por Dios (2 Ti. 3:16; 1 P. 1:21). Sin embargo, el problema persiste. Cada vez más, los principios denominacionales, o los de escuelas teológicas, inciden en la exposición bíblica. Algunos predicadores han dejado los principios básicos y esenciales de la vida cristiana para defender sus convicciones, seleccionando en la Palabra y confundiendo a muchos creyentes sencillos que asisten a las reuniones en la iglesia para edificarse. 

       El hipercalvinismo selecciona de toda la enseñanza bíblica solo aquella que trata sus valores. ¿Acaso no es bíblico y se fundamenta en la Palabra? Indudablemente está en ella, pero, cuando los que consideran que son poseedores de la única verdad entran en una congregación, ésta es sacudida por la incertidumbre sobre quienes de todos los creyentes han sido elegidos y quienes no. Son los que destruyen cuando dicen a creyentes sencillos que no pueden tener seguridad de salvación porque el evangelio que les fue predicado, por cuyo mensaje acudieron a Cristo y depositaron su fe en Él, no es evangelio bíblico y, por tanto, no puede constituir una sólida base para salvación. Son quienes discursean largamente sobre decretos divinos, salvación y condenación eternamente establecida, haciendo temblar a ancianos que han vivido toda su vida testificando con ella de la realidad de la fe y que ahora son sacudidos por la pregunta de si son salvos o no. Estos discursos ponen en tela de juicio la proclamación del evangelio como base de compromiso en la iglesia, argumentando que Dios ya ha determinado quienes serán salvos y quienes se condenarán, sin importarles el definitivo mandato del Señor de ir a las naciones, hacer discípulos, predicar el evangelio y bautizarlos. Tales formas de enseñanza no edifican, sino que acarrean disputas. 

       En igual modo pero en sentido opuesto el arminianismo, intranquiliza a muchos afirmando la pérdida de la salvación. Para esto recorren la Biblia seleccionando aquí y allá textos que les son válidos para la defensa de sus principios teológicos. Tales discursos hacen que muchos de los salvos pierdan el gozo de la salvación, ya que no pueden perder la salvación. Los pactos de santidad son sin duda importantes en cuanto expresan el sentido natural de la vida cristiana, es decir, la santidad no es una opción sino la única forma de ser de un salvo. Extremar este principio y abandonar la enseñanza sobre la acción divina para que el regenerado pueda vivir la vida de santificación, es convertir la predicación en discursos que no edifican.

       En medio de este revuelto panorama incide también el carismatismo. Los discursos de estos son una exposición de lo que les gustaría que fuese pero que no es conforme a la Biblia. La confusión de plenitud del Espíritu con bautismo del Espíritu, induce a los creyentes a la búsqueda de experiencias plena y totalmente subjetivas, muchas de ellas como resultado de estados anímicos a los que son conducidos, pero que en modo alguno proceden del poder del Espíritu de Dios. La distorsión carismática enseña, confundiendo a los creyentes, que el fruto del Espíritu con sus manifestaciones que hacen realidad la verdadera identificación con Cristo, se sustituyen por un marcado fanatismo por sanidades, riquezas materiales y felicidad temporal. Enseñan que algunos de los dones que potestativamente el Espíritu da como quiere (1 Co. 12:11) son posesión de todos los verdaderos creyentes, de modo que quien no hable en lenguas no puede tener la seguridad de su salvación. Tales discursos confunden pero no edifican.

       En otro lugar está la teología relativista del poder del hombre. Desde los púlpitos de esta posición el discurso argumenta que el hombre ha sido marginado por una religión tiránica que despojó al ser humano de sus valores, y que estos deben ser recuperados. Sus sermones podrían resumirse en un solo concepto tú puedes. No importa si has caído en el pecado, tú puedes levantarte. No es problema que pases por un fracaso familiar, hay otros caminos que van a orientarte para salir del problema porque tú puedes. Este énfasis en el hombre margina necesariamente a Jesús y Su poder. Conduce esto a una posición peligrosa, o es verdad el discurso humanista o es verdad la enseñanza de Jesús, que afirma: “separados de mí nada podéis hacer” (Jn. 15:5). Este discurso argumenta también que el pecado es una simple deficiencia humana que varía conceptualmente y evoluciona según el pensamiento de la sociedad en cada tiempo. Este discurso no edifica a los creyentes.

       Finalmente hay quienes ocupan largo tiempo en el púlpito de la iglesia para argumentar sobre valores, tales como el modo de vestir, los tiempos en que se han de celebrar las ordenanzas, como se ha de distribuir el pan y el vino en la Santa Cena, el uso de himnos clásicos o de música y letras más modernas aunque también tengan un rico contenido bíblico. Estos discursos tienen como propósito mantener el pedigrí de ortodoxia frente a degradados hermanos que claudican de las formas recibidas del pasado. Tales discursos, disgregan, separan, impiden la bendición y, por tanto, no son edificantes. 

       El apóstol hace un resumen inspirado de esto cuando se refiere a quienes presentan “fábulas y discursos interminables que acarrean disputas más bien que edificación de Dios”, diciendo que todos ellos quieren “ser doctores de la ley, sin entender ni lo que hablan ni lo que afirman” (1 Ti. 1:7). Por eso dice a Timoteo que en su responsabilidad pastoral: “manda que no enseñen diferente doctrina” (1 Ti. 1:3). 

       Es tiempo de que los pastores, maestros, líderes y creyentes salgamos al paso de esta situación para decir con firmeza: ¡Basta! Y dejando el camino de la contienda volvamos sin reservas a la Palabra para ser edificados sencillamente en ella.

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