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Pensando En Alto con Samuel Perez Millos

Pensando en Alto

Para mi el vivir es Cristo Samuel Perez Millos

Sendas Antiguas

Sendas Antiguas

“Así dijo Jehová: Paraos en los caminos y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma” (Jer. 6:16).

 

Acabo de regresar de un largo viaje de cinco semanas para ministerio por la República Dominicana y los EEUU. Después de esto, tuve la oportunidad de asistir en El Guadarrama, localidad cercana a Madrid, al Congreso de las Asambleas de Hermanos de España. En todos estos lugares había una preocupación común entre los líderes, que podría expresarse en una pregunta: “¿Cuál es el camino a seguir?”. No es tanto la manifestación de desorientación, sino el sincero deseo de saber cual es el camino que Dios marca hoy para su iglesia y por donde hemos de avanzar.

 

Esto me llevó al texto que tengo delante para pensar en alto con los lectores de esta página. Es un mensaje de Dios a un pueblo desorientado y en un camino erróneo. El versículo me invita a tres consideraciones que, a mi parecer, son urgentes para la iglesia de hoy.

 

Primeramente Dios manda detenerse para hacer una reflexión. Es notable observar que está hablando de caminos, en plural y no de un camino. Quiere decir que en el pueblo de Dios hay distintos rumbos que se consideran como el buen camino. Sorprendentemente, si hay más de un camino es clara evidencia de que son caminos marcados por los hombres, porque el camino de Dios es uno. Es verdad que en el camino de Dios hay diversidad de tránsitos. A veces será un camino más fácil, otras más difícil, algunas pasará por lugares de reposo y otras se enfrentará a tormentas y tempestades, pero es así el camino que Dios traza para su Iglesia. Es uno sólo puesto que consiste en seguir las pisadas del Maestro, “pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas” (1 P. 2:21). Este es el único camino en el que hay bendición. Es la única senda en que somos llevados siempre en triunfo. Es la ruta que Dios marca a la iglesia peregrina, hasta que llegue al lugar de paz perfecta junto en Cristo, en los lugares celestiales.

 

Si Dios está pidiendo que hagamos un alto en nuestros caminos, está advirtiéndonos que no son nuestros caminos los que traen bendición y descanso, sino el suyo. Observo los muchos fracasos de los caminos que en los últimos años ha llevado la iglesia, como consecuencia de la orientación del liderazgo. Ha estado transitando por el camino de la tradición, que siguen aquellos que se aferran a la historia pasada y sienten que es el tesoro más importante que debe ser custodiado y mantenido a toda costa. Ese camino ha ido deteriorando a la iglesia que lo sigue. El mensaje ha perdido valor, porque ya no sintoniza con la sociedad de nuestro tiempo y sus necesidades. Es un camino marcado por las costumbres históricas. El inmovilismo conduce al fracaso de congregaciones viviendo en el sistema propio de hace años, desintonizadas con la realidad actual. Incluso el evangelio que predican es un mensaje con respuestas para una sociedad que ya no existe, mientras ignora las urgencias de la actual. Son iglesias que viven de los triunfos del pasado, pero no experimentan ningún avance en el presente. Los jóvenes abandonan las congregaciones históricas, para buscar un aire renovado, que no encuentran, la mayoría de las veces en otras iglesias, sino que lo buscan en el mundo. Generaciones se han perdido por anclarse en este camino. Es el camino de la extinción, donde las iglesias están asistidas por personas mayores a las que el Señor va recogiendo, y raramente se integran nuevos en ellas. El liderazgo que está empeñado en transitar por este camino, tiene la respuesta fácil a cualquier cambio necesario: “siempre se hizo así”. Al no haber renovación en el liderazgo, por miedo a que se produzcan cambios, no hay ninguna idea nueva que permita un avance natural conforme al tiempo. Es más, son muchas veces, iglesias familiares, en las que familias históricas se sienten con derechos de propiedad sobre ellas y no abren puerta para un liderazgo nuevo, si no es de la propia familia.

 

Otras iglesias están caminando por el camino de la denominación. Todas las denominaciones evangélicas han constituido una enorme bendición en la iglesia, como sus nombres indican. Cada una de las denominaciones, especialmente las que han surgido de lo que se llama reforma radical, han rescatado doctrinas y prácticas que estaban siendo olvidadas e incluso deformadas.  Así los Bautistas, rescatan la práctica del bautismo para adultos y el compromiso que conlleva en la vida cristiana. Los Pentecostales, rescatan la obra del Espíritu como una manera de vida y de experiencia, de una posición meramente teológica y fría. Ellos entienden que el Espíritu Santo no está para ser definido, sino para ser vivido. Los Hermanos, recuperan en sentido de iglesia como la comunión de todos los que han nacido de nuevo, al margen del nombre que puedan tener. El sentido de considerar a todo creyente como un hermano en Cristo, la comunión en la oración, el estudio, y el partimiento del pan, se expresan en su propósito. Podríamos seguir considerado todas las otras denominaciones, estas tres son a modo de mero ejemplo. Las denominaciones han sido de gran bendición en la historia de la Iglesia. Sin embargo, cuando la denominación se convierte en título de honor exclusivo y excluyente, ya no es de bendición sino de fragmentación, lo que supone una lucha contra el propósito de Dios y el quebrantamiento del mandato apostólico: “Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Ef. 4:3). No es el camino en donde Dios envía bendición y vida eterna (Sal. 133:3).

 

Hay otros muchos caminos, pero será suficiente con mencionar uno más: el camino pietista. Es el camino del legalismo, donde la gracia no existe y las exigencias se hacen insoportables. Donde la vida cristiana consiste en hacer o no hacer, bajo una rígida vara de medida ética. Es el camino donde la santidad se mide por formas. Donde el modo de vestir, la música que se debe cantar, las relaciones entre los jóvenes, la forma de hacer el culto, el tiempo y la hora del día en que debe partirse el pan, el modo de distribuir la comunión, etc. etc. marcan la verdadera espiritualidad. Es el camino de la disciplina-castigo, en lugar de la disciplina restauradora, donde la caída de un hermano ha de hacerse pública a toda la congregación para que se avergüence, produciendo la ruina moral de muchas vidas. Es el camino donde el sistema externo sustituye a la realidad interna del corazón. Donde el pecado sin confesar se mantiene oculto. No es un camino de bendición.

 

Dios pide hacer un alto en estos caminos y preguntar por las sendas antiguas, para descubrir el camino bueno y caminar por él. Las sendas antiguas son las distintas experiencias de bendición en el único camino verdadero. Es la senda de la oración, donde Dios responde a Su pueblo y éste depende enteramente de Él. Es la senda del amor  comprometido por la Palabra, para oír la voz de Dios y caminar conforme a Su voluntad. Es la senda del compromiso en el servicio, porque en ella se entiende claramente lo que cada uno de nosotros somos: sólo siervos. Sólo en el camino de la humildad está el disfrute de las bendiciones. Es la senda de la santidad real, donde la vida se mide por la única medida posible que es Cristo, en donde cada cristiano tiene como meta vivir a Cristo en el poder del Espíritu, reproduciendo en la vida de testimonio de cada uno la santidad que es propia del Señor y no del hombre. Es la senda del poder, donde el Señor manifiesta esa realidad abriendo paso en las dificultades, conduciendo a Su pueblo, salvando a perdidos. Es la senda que permite decir como Pablo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. Es la senda de la esperanza, donde el futuro se vive desde la dimensión de la comunión con Cristo y Él se manifiesta como lo que es para cada cristiano: “Esperanza de gloria” (Col. 1:23). Es la senda de la unidad, donde las barreras denominacionales desaparecen, los desencuentros de opiniones dan paso a la relación de comunión sincera, donde cada uno vive para el otro en lugar de buscar su provecho personal. Es la senda del descanso y de la paz, como experiencia de la relación cotidiana con Cristo. Mientras que no hay paz sin Él, quienes siguen sus pisadas experimentan el regalo personal suyo: “Mi paz os doy”.

 

Dios nos está llamando a hacer un alto para reflexionar sobre el camino que transitamos, para tomar una determinación, andar por el Suyo y dejar el nuestro. Es urgente para el momento presente y para el futuro. Es el camino de la tranquilidad sabiendo que es el camino de Dios, en donde podemos “hallar descanso para nuestras almas”. Es necesario, como nunca, una firme determinación a quienes propongan nuevos caminos y a los que se niegan a dejar los suyos, expresada en un enérgico: ¡Basta ya!. Pero, sobre todo, es necesario que este ¡Basta ya! lo apliquemos primero a nosotros mismos. De otro modo: Señor, basta ya de mi para que seas Tú y no yo quien marque el rumbo para mi vida.

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