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Pensando En Alto con Samuel Perez Millos

Pensando en Alto

Para mi el vivir es Cristo Samuel Perez Millos

La Iglesia que Necesitamos

La Iglesia que Necesitamos

“Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones… Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo en las casas, comían juntos, con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo” (Hch. 1:42. 46, 17).

Quienes visitamos continuamente iglesias para ministerio, nos damos cuenta de la gran crisis que se está viviendo en la iglesia actual. Sin duda hay excepciones, pero la generalidad es esta. Muchas iglesias están en decadencia, pierden los jóvenes, mantienen la orientación y formas de hace años, tienen un liderazgo viejo, se respira tristeza y desánimo en su interior. Algunas veces, se recurre al textos como el de la profecía: “Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma” (Jer. 6:16), para justificar un estancamiento en la vida y orientación eclesial, entendiendo que el mejor sistema y la mejor forma de éxito consiste en mantenerse en lo que se hizo siempre y de la misma manera como se hacía antes. Sin embargo, la situación no mejora. Otra alternativa consiste en desprenderse de todo lo que se venía haciendo y producir una renovación, que en muchos casos es más bien una revolución, para que el cambio sea el motor de la transformación eclesial. Ninguna de las dos formas es eficaz. 

         Cuando Dios pide que atendamos a las sendas antiguas, hay que entenderlo como una llamada a un retorno a las condiciones que se daban para ser bendecidos por Él. Esto mismo debe hacerse con la iglesia. Es preciso preguntarnos a la luz de la Biblia que características tenía la iglesia cuando se multiplicaba, se consolidaba y era una referencia en la sociedad. 

         Los versículos del comienzo dan las principales condiciones que ocurrían en la iglesia cuando se produjo el avance imparable del evangelio. Esas son las “sendas antiguas” a las que debemos volver para ver la acción de Dios y su presencia poderosa entre nosotros. 

         Los cristianos primitivos constituían una iglesia perseverante. Sin duda alguna eran, como ocurre siempre con quienes reciben el Espíritu Santo y actúa en su interior, creyentes gozosos. Dios, el Espíritu Santo, los impulsaba a la perseverancia. Era la gran novedad que la gracia producía en los hombres y mujeres que habían creído en Jesucristo. Todos estos perseveraban, es decir, se ocupaban asiduamente, con fidelidad, en las cuatro actividades que se detallan en el versículo. 

         Era una iglesia que crecía en la doctrina de los apóstoles, es decir, la ocupación prioritaria de los apóstoles tenía que ver con la enseñanza de la Palabra y con ella, la edificación espiritual de los creyentes y su capacitación hacia la madurez espiritual. Cristo había establecido esto para los nuevos creyentes: “enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado” (Mt. 28:20). En base al mandamiento de Jesús, los apóstoles se dedicaban continuamente a la enseñanza de los cristianos. La congregación se reunía cada día en el templo (v. 46), y en esas reuniones, entre otras cosas, los apóstoles enseñaban. La enseñanza formaba parte de las reuniones de los cristianos. A lo largo del libro se apreciará esto, que se destacará en cada ocasión. Baste aquí afirmar la perseverancia en la doctrina de los apóstoles. La iglesia era alimentada por la doctrina y la exposición de las Escrituras, cuyo ministerio estaba en manos de los apóstoles. Desde el principio, la enseñanza estaba en manos de los más capacitados, no en las de cualquiera, incluso de los ciento veinte, eran los apóstoles quienes enseñaban la doctrina. Esta práctica se establecería por los apóstoles a los líderes que ellos mismos habían formado, como decía Pablo a Timoteo: “Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros” (2 Ti. 2:2). La enseñanza en manos de creyentes, no sólo fieles, sino también idóneos para enseñar a otros, que seguirían la práctica de la enseñanza a través de todas las épocas. Lo que debían enseñar aquellos que siguieran en el ministerio pos-apostólico, no era otra cosa que la misma enseñanza de los apóstoles. La doctrina bíblica no es negociable, es inalterable e inamovible a lo largo del tiempo. Los apóstoles enseñaban doctrina cada día a la iglesia naciente. Un serio peligro consiste en enseñar a discípulos por quienes no están preparados para hacerlo. Generalmente enseñarán lo que entienden en la lectura de la Palabra, pero carecen de preparación para una correcta interpretación de ella. Estos hacen generalmente fuerza en todo aquello que los antiguos les enseñaron, sin valorar la verdadera razón de la interpretación dada a algunos pasajes bíblicos. Generalmente estos maestros incapaces de enseñar, generan discípulos a su imagen y semejanza, tan incapaces como ellos que, por no tener capacidad de interpretación bíblica siguen sujetando a esclavitud al pueblo de Dios, enseñándole como doctrina lo que ni siquiera es una correcta interpretación del texto bíblico. 

         Es necesario entender bien que la iglesia necesita ser alimentada. En un tiempo en que la exposición bíblica ha declinado y donde la enseñanza es, no solo superficial, sino también inconsistente, creyentes debidamente formados en la Biblia, deben asumir el desafío de predicar la Palabra.

         Un segundo elemento que se apreciaba en la iglesia del tiempo de los apóstoles era la comunión mutua. La comunión es la realidad espiritual de quien ha nacido de nuevo, en una relación nueva con Dios, que une a todos los creyentes. La comunión no es solo asunto horizontal, sino esencialmente vertical, ya que nuestra comunión  verdaderamente es con el Padre y con su Hijo Jesucristo”  (1 Jn. 1:3). Debe entenderse que la salvación es el llamamiento celestial que se hace a la “comunión con Cristo” (1 Co. 1:9). El creyente es llamado al Salvador, por el que se entra en comunión con Dios, viniendo a ser participante de la divina naturaleza (2 P. 1:4). Esta comunión, unión común, de cada cristiano con Cristo hace posible la comunicación de la vida eterna. Cada cristiano está vinculado con el Hijo, que es la Cabeza del cuerpo formado por cada creyente (Ef. 1:22-23). La vinculación espiritual entre los creyentes, la comunión personal con cada nacido de nuevo, se produce en razón de la unión con la Cabeza que es Cristo. Por tanto, la comunión horizontal, es decir, la vinculación común experimental que cada cristiano debe mantener con sus hermanos, es el resultado de la unión vital de cada uno con el Señor. Cada creyente está unido a su hermano por medio de la unión vital con Cristo que hace el Espíritu Santo. La comunión entre hermanos se interrumpe cuando uno de ellos, por pecado sin confesar, ha interrumpido su comunión con Cristo. Sólo así se puede interrumpir la comunión con los hermanos. En caso contrario, cuando, sin que se haya interrumpido la comunión con Cristo por pecado sin confesar, alguno interrumpe la comunión con sus hermanos, lo que realmente está haciendo es interrumpir su propia comunión con Cristo. Los creyentes en la iglesia primitiva estaban viviendo en el poder del Espíritu, manifestaban visiblemente la unidad, mediante la comunión. Todos los que observaban a los cristianos se daban cuenta de la unidad que experimentaban por los lazos de comunión que había entre ellos. El Espíritu da efectividad a esta comunión por lo que se habla de la “comunión de los santos” (2 Co. 13:13; Ef. 2:19-22; 1 Jn. 1:3).

         De la misma manera había perseverancia en el partimiento del pan. El contexto sustenta la interpretación de que se trataba del cumplimiento de la ordenanza de la Cena del Señor. Era una de las ordenanzas que se practicaban asiduamente entre los cristianos de la iglesia primitiva. A lo largo de Hechos, se apreciará esto. El término partimiento del pan, aparece dentro de una secuencia de vida eclesial, donde se instruye a los creyentes, se practica la comunión y se parte el pan, acompañando a todo esto de oraciones. Aspectos propios, todos ellos, de una expresión cúltica. La institución de la ordenanza como proclamación de la obra salvífica realizada y de la esperanza en Su venida (1 Co. 11:23-26). Hay claros indicios de que la iglesia primitiva se reunía cada primer día de la semana para partir el pan (20:7).

         En la celebración del culto cristiano y de la vida cristiana en general, las oraciones formaban parte vital. Se ha considerado esto ya antes (cf. 1:14). Se seguirá haciendo a medida que las muchas ocasiones en que se presenta a los cristianos orando vayan apareciendo. Baste resaltar aquí que la oración es el gran recurso del creyente y la Escritura exhorta continuamente a orar (1 Ts. 5:17). Esta es una de las mayores necesidades en la iglesia actual. La oración ha sido sustituida por la alabanza, en sentido mayoritariamente musical. Sin oración no hay vida victoriosa. Es una de las sendas antiguas que hemos de recuperar.

         Las actividades de la Iglesia se manifiestan en el día a día, que es el sentido de la traducción literal y cada día. La primera manifestación de vivir cotidiano tiene que ver con la asiduidad a las reuniones de la congregación. Lucas dice que se reunían cada día en el templo. Llama la atención dos aspectos de las reuniones en el templo: eran masivas: “perseveraban”, luego la gran mayoría de los cristianos se reunían como congregación; eran diarias. Con el tiempo se debilitaría la espiritualidad en muchos creyentes y con ello la asistencia a las reuniones se vería mermada. Esa es la razón de la exhortación que hace el escritor de la Epístola a los Hebreos: “no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre” (He. 10:25). En Jerusalén las reuniones eran diarias, mientras que en otros lugares como Troas se congregaban el domingo (20:7). No tiene importancia la periodicidad de las reuniones, pero sí lo tiene el hecho de reunirse los hermanos. La ausencia a la congregación impide el crecimiento espiritual de quienes no asisten habitualmente, al no estar bajo la influencia de la Palabra que se estudia y expone. En las reuniones de la iglesia se animan los creyentes por el estudio y aplicación de la Palabra, por el fervor del Espíritu y por el aliento que se comunican los hermanos entre sí, para ir adelante sin declinar en el testimonio y en la fe, a pesar de las dificultades. Un creyente espiritual, es decir, controlado por el Espíritu, asiste y persiste en las reuniones.

         Naturalmente que las reuniones han de adaptarse al tiempo actual. No puede pretenderse reuniones masivas en días laborables, por eso es preciso adecuarlas a las necesidades del tiempo actual. También será preciso ver como se desarrollan esas reuniones. En ocasiones se ven envueltas en subjetivismo que busca el espectáculo en lugar de la adoración, pero, no es menos cierto, que también se ven afectadas por el tradicionalismo que las convierte en meras repeticiones sin consonancia con las necesidades el tiempo actual.

         La amistad cristiana era otra de las sendas antiguas. Los creyentes compartían la mesa y comían juntos. Quienes tienen un mismo sentir en Cristo lo manifiestan continuamente en la relación entre los hermanos. El distanciamiento entre cristianos es manifestación de la carne y un mal testimonio para el evangelio. Los creyentes practicaban el amor cristiano con alegría. El gozo del Espíritu se manifestaba al exterior en la alegría en que los creyentes vivían, unos con otros. La alegría debiera ser la forma natural de la vida cristiana. Un creyente está llamado a la alegría por las bendiciones infinitas que la gracia ha derramado sobre él, dándole la salvación (Ef. 2:8-9), introduciéndolo en la familia de Dios (Jn. 1:12; Ef. 2:19) y haciéndolo coheredero de todo con Cristo (Ro. 8:17). La expresión adusta, las reuniones carentes de alegría, la idea de vivir con rostros largos mostrando un aislamiento de las cosas gozosas de la vida, es propio de la vida bajo la ley, pero un mal testimonio a la vida bajo la gracia. El cristiano está llamado a disfrutar de todo cuando Dios le da, con alegría. 

         También se aprecia la condición íntima de los cristianos, además de con alegría, con sencillez de corazón. No eran reuniones forzadas por el compromiso o para ser vistos de los hermanos. Eran actos de comunión rodeados de sencillez. El término se entiende bajo la figura idiomática de no leer entre líneas. Es decir, no había nada oculto bajo la forma de la comunión que se manifestaba en el comer juntos. Los cristianos no tenían doblez, eran transparentes y así se comportaban unos con otros. Las conversaciones en las comidas eran edificantes. Los celos, resentimientos, murmuraciones, etc. etc., propias de la carne no eran posibles entre quienes comían con sencillez de corazón. Cualquier conversación que no edifica, las murmuraciones y las críticas malsanas, son manifiestamente pecaminosas y no pueden estar presentes en corazones limpios que son, por tanto, sencillos, sin doblez, que no ocultan nada.

         Aquella forma de vida glorificaba a Dios, y despertaba la admiración de quienes observaban la vida de los cristianos. Los que viven una vida de alabanza a Dios, son reconocidos y estimados por el pueblo. En una situación así, no es de extrañar la acción divina salvando cada día a algunos, que eran añadidos a la iglesia. Quiere decir que la iglesia crecía numéricamente y se fortalecía espiritualmente. ¿Es así la iglesia de hoy? Será bueno recuperar esta senda antigua de la comunión con Dios, el amor a los hermanos, la instrucción en la Palabra, la oración y la perseverancia en la relación fraterna.

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