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Pensando En Alto con Samuel Perez Millos

Pensando en Alto

Para mi el vivir es Cristo Samuel Perez Millos

El Camino Perfecto

El Camino Perfecto

“Si yo… no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe” (1 Co. 13:1). 

       Muchas veces se ha preguntado que es lo que realmente define y distingue a la iglesia en el mundo. A esta pregunta se le han dado múltiples respuestas, dependiendo del trasfondo del teólogo. Con todo, no es posible dejar de atender al pensamiento de Jesús, edificador, sustentador y cabeza de la iglesia, cuando dice: “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros” (Jn. 13:34-35).

       Es necesario entender el sentido de nuevo en relación con el mandamiento. Es nuevo en cuanto corresponde al mandato que regula la relación entre Jesús y el Padre (Jn. 10:18; 12:49s; 15:10). Por tanto, el amor mutuo entre los cristianos no es únicamente ejemplar, sino que es testimonial, en el sentido de revelar al Padre y al Hijo. El servicio de Jesucristo, es esencialmente una manifestación de amor (Jn. 15:13). Todo cuanto Él llevó a cabo, incluida su muerte y glorificación es la expresión admirable de un servicio de amor. La vida cristiana es esencial y fundamentalmente una relación vivencial con Cristo, de modo que los creyentes viven a Cristo, porque han sido unidos vitalmente a Él (Gá. 2:20; Fil. 1:21). Por consiguiente cada creyente debe tener como objetivo principal en su vida servir a los demás en un clima de amor mutuo. Esta relación comprende a todos, incluyendo a los enemigos: “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mt. 5:44). No se trata de una simple –difícil o no- manifestación de amor desinteresado, sino de testimonio visible ante el mundo: “Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos” (Mt. 5:45). El amor de Jesús se ha derramado en el corazón de sus redimidos para que entre ellos y en ellos pudiera crecer (Ro. 5.5). Esto alcanza la cima más elevada del comportamiento ético y única forma de desarrollar la vida cristiana conforme al pensamiento de Dios. Además, el mandamiento de Jesús al amor mutuo, es también nuevo en cuanto se establece para el nuevo tiempo de Dios en el actual momento de la iglesia. 

       Cuando consideramos el amor entre el Padre y el Hijo, observamos que se establece en relación a la dignidad de su objeto, porque la infinita dimensión divina en el Seno Trinitario exige que el Padre y el Hijo se amen mutuamente. De manera semejante, la esencia de la vida cristiana, por la elevada dimensión de los creyentes en Cristo, exige que se amen unos a otros, ya que si no lo hacen no pueden reproducir la vida divina o, si se prefiere mejor, la divina naturaleza (2 P. 1:4). De otro modo, los cristianos, discípulos de Cristo, no pueden existir como tales si no se aman unos a otros, porque la fe que acepta la obra del Redentor, va necesaria e incuestionablemente vinculada al amor (Jn. 13:14-15). Esa es la razón por la que el apóstol Juan, al escribir su epístola dice que quien no ama a su hermano, ni puede amar a Dios, ni le ha conocido (1 Jn. 4:8, 20, 21). Con mayor énfasis dice que todo aquel “que dice que está en luz y aborrece a su hermano, está todavía en tinieblas” (1 Jn. 2:9). Como evidencia del nuevo nacimiento coloca el amor: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. El que no ama a su hermano permanece en muerte” (1 Jn. 3:14). 

       A la vista de esto debemos sacar alguna conclusión que nos permita reflexionar sobre el lugar en que nos encontramos, bien eclesial o individualmente. La primera conclusión exige posicionarnos en cuanto al ministerio que estemos llevando a cabo. El apóstol Pablo es sumamente enfático: Si tengo todo y no tengo amor, soy como metal que resuena o címbalo que retiñe. De otro modo, todo ministerio hecho fuera del impulso del amor es ruido que molesta a Dios y molesta a la iglesia. No consiste el lo mucho o poco que estemos haciendo, sino en el valor que adquiere conforme a la Palabra. 

       Contrario al amor de Dios está el amor egocéntrico que hace que la persona se valore con medida incorrecta. No cabe la menor duda que el amor propio es bueno cuando se produce en la forma bíblica, pero el grave problema está en “tener más alto concepto de sí que el que debe tener” (Ro. 12:3). Muchos que se consideran grandes en la obra, tiene este serio problema. Los he visto –literalmente hablando- discutir por quien debe cerrar una conferencia, o quien debe estar en la presidencia de una reunión masiva. Lamentablemente quien tiene más alto concepto de sí que el que debe tener, es propenso a pensar de los demás menospreciándolos. Este tipo de perversión del amor, conduce a muchos a luchar contra quienes les pueden hacer sombra, buscando cualquier medio para eliminarlos en el ministerio. La causa de tal comportamiento está en el egoísmo contrario al amor. Tales personas, en lugar de amor manifiestan odio. Buscan excusas tales como la defensa de la fe, la protección del pueblo de Dios, el mantenimiento de la sana doctrina, para murmurar, maldecir y desprestigiar a quienes, siendo instrumentos en la mano del Señor para edificar a Su pueblo, molestan a estos que no tienen otra cosa que hacer que endiosarse a ellos mismos, sin importarles que sus iglesias estén en franco retroceso. 

       Contrario al amor de Dios está la adoración a la doctrina. La doctrina tiene que ser amada, respetada y predicada, pero el único adorable es Dios mismo. No es suficiente con predicar con ortodoxia la doctrina sobre el amor de Dios, si no se ama al hermano. Hay muchos que levantan altares de adoración a la doctrina y queman en ellos el amor. En esto podríamos integrar el amor denominacional, que lleva a considerar la denominación eclesial en donde nos encontremos como la única que tiene y preserva la verdad. Tal amor excluye toda relación con otros hermanos que no pertenezcan a nuestra denominación. Ese tipo de amor conduce a la fragmentación sectaria de la iglesia de Jesucristo, y es la extensión en el tiempo del problema que Pablo aborda en la Primera a Corintios. Tal asunto requiere otra reflexión que abordaremos en su momento, si el Señor permite. 

            Ante una demanda concreta de Jesucristo llamando a la definición del amor como distintivo de los cristianos, debiéramos preguntarnos en donde nos encontramos cada uno en relación con la demanda de amor hacia los hermanos, como testigos de Cristo y de vidas que manifiestan al mundo la condición de hijos de Dios. Esta esfera de testimonio tiene que ver, primero con la propia familia, el amor a la esposa, la atención a los hijos, el mantenimiento de una correcta relación familia. De la misma manera la relación de amor en la iglesia, amando a todos los hermanos, evitando cualquier tipo de murmuración o desprestigio, para buscar en el amor la edificación y aliento que cada uno de ellos necesite. Recordando siempre la advertencia del apóstol Pablo: “Si no tengo amor, nada soy… de nada me sirve”.

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